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44 Millones de personas: una sola familia

44 Millones de personas: una sola familia <p align="justify"><strong>LA REALIDAD DE LA FAMILIA EMIGRANTE</strong><br />A nadie se le oculta que el fenómeno migratorio está siendo uno de los más significativos del siglo casi recién estrenado. Como un signo de nuestro tiempo, lo calificaba el Santo Padre Benedicto XVI en su Mensaje de la Jornada Mundial de las Migraciones el pasado año. <br /><br />Dentro del fenómeno general de las migraciones, reviste la familia emigrante una especial importancia por el determinante papel que la misma ocupa en la vida de las personas, en la sociedad y en la Iglesia. En la emigración, la familia sufre por las especiales dificultades que vive, como separación, desarraigo, barreras de todo tipo para la reagrupación, aprendizaje del nuevo idioma, inculturación, adaptación al nuevo ambiente, integración en la comunidad de fe… estas y otras dificultades tiene que superar la familia cuando se ve, toda ella o alguno de sus miembros, sometida a abandonar su país e instalarse en un país extranjero.<br /><br />El Beato Juan XXIII calificó la separación de las familias por motivos de trabajo como una “dolorosa anomalía” poniendo de relieve que cada cual tiene la obligación de tomar conciencia de ella y de hacer todo lo que está en su poder para eliminarla. En este contexto hay que situar la realidad de los emigrantes que abandonan su país de origen en búsqueda de un futuro mejor, de mejores condiciones de vida para ellos mismos y sus familias. <br /><br /></p><p align="justify"><strong>SENTIDO DE LA JORNADA</strong><br />La Jornada Mundial Anual de las Migraciones supone para todos una llamada de atención sobre este fenómeno social de palpitante actualidad, que se está convirtiendo, en palabras del Papa Benedicto XVI, en su Mensaje para esta Jornada, en un “fenómeno estructural de nuestra sociedad”. <br /><br /></p><p align="justify">Al escoger como tema para la Jornada de 2007 “la familia emigrante”, el Santo Padre pretende invitar a toda la Iglesia a “acentuar su compromiso no sólo a favor del individuo emigrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de valores” (Cf. Mensaje, 2007).<br /><br /></p><p align="justify"><strong>NUESTRA TAREA</strong><br />&nbsp;La preocupación de la Iglesia por el emigrante y su familia ha sido una constante a través de los tiempos, sobre todo desde que León XIII en su Encíclica Rerum Novarum (1891) hablara del derecho de la familia migrante a un espacio vital. Esta Doctrina se ha ido desarrollando y enriqueciendo posteriormente hasta nuestros días en el Magisterio de la Iglesia por medio de importantes documentos de los Papas y del Concilio Vaticano II, así como de los obispos a través de las Comisiones Episcopales o en sus respectivas diócesis.<br /><br />Los inmigrantes católicos han de sentirse desde el primer momento en la Iglesia del país de acogida, en sus instituciones y organizaciones, como en su propia casa, en su familia, con los mismos derechos y obligaciones que los autóctonos y sus familias. El ideal es que lleguen a convertirse en sujetos activos, en la pastoral y la vida de la Iglesia local, plenamente integrados, conservando su carácter específico. Hacemos una especial invitación a las parroquias para que acojan con gozo a las familias inmigrantes, faciliten su progresiva integración en la vida parroquial y en sus estructuras organizativas, fomenten el conocimiento mutuo y la convivencia con las familias locales en orden a constituir una sola familia: la familia de los hijos e hijas de Dios. <br /><br /></p><p align="justify">También los demás inmigrantes no cristianos – creyentes de otras religiones o no creyentes - y sus familias son destinatarios de la misión evangelizadora y de los servicios de la Iglesia y de los cristianos. Todos han de ser objeto de la preocupación de la Iglesia y de sus desvelos de madre. A ellos han de ir destinados también los servicios de la Iglesia en el aspecto sociocaritativo, los de acogida y acompañamiento, o en el defensa de sus derechos. La Iglesia y todos sus miembros somos un importante factor en la tarea de la integración armónica de los inmigrantes y de sus familias en la para ellos nueva sociedad y, dado el caso, en el seno de la comunidad cristiana de su nuevo país. <br /><br />Hacemos un llamamiento a los responsables de las administraciones públicas y a cuantas personas tienen asignada una tarea en relación con los inmigrantes y sus familias para que establezcan normas justas y medidas adecuadas, que defiendan y tutelen la dignidad y los derechos de los inmigrantes y de sus familias. Invitamos a todos los miembros de nuestra sociedad a ver a los inmigrantes y a sus familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra sociedad y a acogerlos cordialmente, a servirlos como hermanos y a facilitarles su pacífica y enriquecedora integración. “Si no se garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y participación – nos dice el Papa en su Mensaje -, es difícil prever su desarrollo armónico”. Reconocemos el valioso servicio de tantas personas que, en las administraciones públicas, en las instituciones y organizaciones públicas y privadas, de la sociedad y de la Iglesia, en el voluntariado o individualmente, a los inmigrantes y a sus familias, tanto en la acogida y acompañamiento, como en el proceso de integración, y otros servicios. Les animamos a continuar en su trabajo y a no desfallecer ante las dificultades. Con el Papa animamos también a los Gobiernos de las naciones a la “ratificación de los instrumentos legales internacionales propuestos para defender los derechos de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias”. (Cf. Mensaje papal, 2007) </p>
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